
Con
18.000km en el tablero de nuestra Furax quisimos hacer un último
viaje que nos llevara por caminos desconocidos, una pequeña
aventura en medio de paisajes únicos que esperamos disfruten
tanto como nosotros.
Según
el diccionario de la Real Academia Española, el significado
de la palabra aventura es: Acaecimiento, suceso o lance extraño.
Pero más importante que una definición literal de la
palabra es que esas ocho letras han impulsado al hombre, a través
de toda la historia, a buscar nuevos horizontes más allá
de su mundo conocido; unos por romper con un medio del cual estaban
cansados, muchos otros buscando riqueza, fama y fortuna y otros tantos
porque simplemente no podían estar estáticos en un solo
lugar.
En su tiempo fue el explorador veneciano Marco Polo, que a mediados
del siglo XIII emprendió un viaje de más de 11 años
hacia la China, con el cual buscaba abrir rutas comerciales con el
lejano oriente o el estadounidense Robert Edwin Peary que en 1909
fue la primera persona en llegar hasta el Polo Norte venciendo todo
tipo de adversidades. Volviendo a nuestros días, cuando el
mundo no es tan grande como lo era para nuestros ancestros y cualquier
rincón del planeta está a unas cuantas horas de vuelo,
la palabra aventura tal vez no sea sinónimo de grandes gestas
que tomaban años y cobraban la vida de muchos hombres, pero
no por eso deja de evocar en nosotros incontables sensaciones y el
impulso de hacer cosas diferentes que nos saquen de nuestra rutina
diaria, mensual o anual y que mejor manera de hacerlo que viajando
en moto. Para aquellos que comienzan en esto de las dos ruedas, una
gran aventura será hacer un viaje de un día por los
pueblos cercanos a la ciudad de residencia y para los expertos con
muchos kilómetros encima, el reto que se impondrán podría
ser, por ejemplo, recorrer el continente. Sin importar cual de los
dos ejemplos tomemos, las sensaciones serán muy parecidas y
lo más importante, difícilmente las encontrarán
ni serán tan intensas con ningún otro medio de transporte.
Sirva esta introducción para ilustrar en parte cómo
me sentí durante el último viaje que realizamos en la
Furax antes de completar los 20.000 kms de la Superprueba y que fue
para mi una verdadera aventura, en la que esta doble-propósito
ensamblada por Auteco, fue una excelente aliada a la hora de explorar
lugares en los que no sabíamos a qué tipo de terreno
nos íbamos a enfrentar.

Un
viaje inolvidable
Para cerrar con broche de oro esta Superprueba queríamos hacer
un viaje que nos llevara a sitios que no conociéramos y que
a la vez fuera un terreno difícil para poner a prueba nuestra
Furax. Pensando en eso, recordamos una conversación que tuvimos
unos meses atrás con el dueño de un restaurante en Líbano,
Tolima, un pueblo que queda a solo 30 kilómetros del desaparecido
Armero subiendo por la cordillera central. Entre las muchas cosas
que hablamos, nos contó que de ese pueblo salía una
carretera que bordeaba el nevado del Ruiz y posteriormente se conectaba
con Manizales, eran muchos kilómetros de destapado en mal estado
y rodando por encima de 4.000 metros. Ese era el viaje perfecto que
estábamos buscando. Queríamos partir de inmediato pero
debido al fuerte invierno decidimos posponerlo hasta que el clima
mejoró. Nuestro director y fotógrafo y quien esto escribe,
emprendimos el viaje un sábado por la mañana. La meta
era llegar esa noche a Líbano, para lo cual había dos
posibles rutas, partiendo desde Medellín hacia Bogotá
o por Manizales, escogimos la segunda opción, más larga
pero más interesante y divertida. En especial queríamos
evitar las largas rectas entre Puerto Triunfo y Honda porque, como
ya lo hemos dicho en otros reportes, la velocidad máxima de
la Furax no es muy alta y estas interminables rectas se vuelven muy
monótonas.
El viaje hasta Manizales transcurrió sin problemas, repostamos
gasolina y nos dirigimos hacia el Alto de Letras donde aprovechamos
para tomar algunas fotos y descansar unos instantes. El clima no es
que estuviera perfecto, de hecho estaba algo nublado, pero nada nos
preparó para lo que nos esperaba. Tan solo al comenzar a descender
en dirección hacia Fresno, nos cubrió una densa niebla,
acompañada de una ligera llovizna y como siempre en estas circunstancias,
uno piensa que la cosa no será más de cinco minutos,
pero fueron pasando los kilómetros, algunos tramos viendo apenas
un par de metros al frente, y nada que se iba la persistente neblina.

Pasamos
por la población de Padua, que más parecía un
pueblo fantasma, solitario y envuelto por la espesa niebla, y solo
hasta Fresno, donde descansamos un poco del frío que ya estaba
haciendo mella en nosotros, volvimos a ver el cielo otra vez. Por
suerte al reiniciar el camino el asfalto ya estaba seco y pudimos
disfrutar del excelente tramo de curvas que hay entre Fresno y Mariquita
(recomendado), donde pude explotar a rienda suelta una de las principales
cualidades de la Furax, su gran estabilidad en curvas, eso si, apoyados
en las excelentes llantas Pirelli MT90, que brindan un excelente agarre
en todo tipo de condiciones. En Mariquita después de repostar
continuamos nuestro camino hacia Líbano, Tolima, población
donde pasaríamos la noche. Al cruzar por la desaparecida población
de Armero se ven al lado de la vía algunas de las ruinas del
pueblo y aunque he pasado por ese mismo punto muchas veces, siempre
se me encoge el corazón al pensar en las más de 20.000
personas que perecieron allí y hago una oración silenciosa
por ellos. Como todavía estaba temprano, decidimos explorar
una carretera -de la que teníamos buenas referencias- que sale
desde Cambao, Cundinamarca y va hasta Alban, siendo una vía
alterna para ir a Bogotá, que además está recién
pavimentada. Solo recorrimos 20 kms pero fueron suficientes para decidir
que en el próximo viaje a la capital del país, usaremos
esta vía; buen asfalto, una cantidad inimaginable de curvas
de toda clase y un paisaje espectacular; si no fuera porque se estaba
acabando el día hubiéramos seguido. Al caer la noche
llegamos a Líbano, cansados y satisfechos de haber tenido un
día intenso de curvas y más curvas, ya al otro día
nos preocuparíamos de las carreteras destapadas y el frío
que nos esperaban.
Localizamos un agradable hotel donde pasar la noche y antes de acostarnos
hablamos de la ruta del otro día con el empleado de la recepción
y aunque nos dio información valiosa también nos contó
historias de otros viajeros cuyas motos no resistían en esta
ruta y debido a la altura se apagaban constantemente, otras fallaban
y no volvían a prender dejando a sus dueños varados
en medio de la nada. No quería que estos comentarios me dañaran
el sueño, aunque en mi fuero interno estaba completamente seguro
que la Furax aguantaría, sobretodo tras haber superado más
de 18.000km de dura prueba sin mayores percances, sin embargo debo
aceptar que me desperté varias veces en la noche con pensamientos
oscuros.

Sobre
los 4.000 metros de altitud los frailejones
fueron nuestros compañeros de viaje.
Al
día siguiente partimos muy temprano hacia Murillo, población
situada a 30 kms de Líbano por carretera pavimentada, aunque
no en muy buen estado y algo estrecha. A los pocos kilómetros
pudimos ver a lo lejos en el horizonte el majestuoso Nevado del Ruiz,
conscientes que esta oportunidad talvez no se repetiría porque
las nubes iban y venían, nos apuramos a tomar algunas fotos,
que fueron las únicas porque después se tapó
y no lo volvimos a ver. Murillo es una población pequeña,
muy pintoresca, de gente amable y sencilla, situada a 3.000 msnm,
que marca el inicio del Parque Nacional Natural Los Nevados, de la
carretera destapada y también de la verdadera aventura que
era nuestro objetivo principal. Seguimos ascendiendo transitando por
el destapado, en el cual gracias a las excelentes suspensiones de
la Furax que se lo tragan casi todo, pudimos mantener un buen ritmo,
practicando enduro y divirtiéndonos de lo lindo, sin importar
las piedras, las zanjas y los baches que nos encontrábamos.
En estas circunstancias las Pirelli MT90 doble propósito, que
tienen un rendimiento incuestionable en pavimento se desenvolvieron
con solvencia y nos dieron confianza para conducir con soltura. Claro
que también manejábamos con precaución porque
las casas campesinas fueron desapareciendo y nos cruzamos con muy
pocas personas, así que cualquier contratiempo o caída
en medio de tan vastos, hermosos, pero desolados paisajes se podía
convertir en un lío mayúsculo y era lo último
que deseábamos.
A
los 3.600 msnm encontramos el río Lagunillas, por cuyo cauce,
el 13 de noviembre de 1985 bajó la avalancha que sepultó
a Armero. El río, en este punto, es un pequeño hilo
de agua, pero aquel día hace más de 21 años,
su cauce condujo miles de toneladas de lodo y piedra hacia Armero,
sepultando al pueblo entero. Parados allí, pudimos sentir una
energía especial, que a la vez fue un recordatorio de que la
madre naturaleza en cualquier momento puede volverse contra nosotros
con todo su poder y furia, sin que podamos hacer mucho para detenerla.
Como testigo de esto todavía pueden verse las cicatrices que
dejó la avalancha en el paisaje y que nos recuerdan que debemos
estar en armonía con la tierra, tal como lo dice el letrero
que en este punto conmemora la tragedia.