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En busca del alma perdida Capítulo 1 Este
viaje nació como un proyecto personal, Texto y Fotos: Daniel Velandia No es tanto que la tenga perdida, más bien refundida o embolatada en un rincón y en parte este viaje nació como un proyecto personal, como un medio para encontrar esa parte que hace falta y por ello el nombre original era Travesía a Bodghaya, pues ese fue el sitio en el que Sidharta Gautama, a la sombra de un árbol, alcanzó el nirvana y se convirtió en Buda. No es que pretenda seguir los pasos de Sidharta, pero me preocupa que si las cosas siguen como van, con los monjes tibetanos haciendo más gala de su Kung Fu que de sus poderes de meditación, para cuando llegue a esas tierras valga más el peso del imperialismo chino que la fuerza de la mente tibetana y de toda la filosofía de paz y tranquilidad mental no quede mayor cosa; esperemos que no.
Pero sean cuales fueran las razones para embarcarme en este viaje (porque hay muchas involucradas) el quid del asunto es que una vez que el enano empezó a adquirir dimensiones de gigante, fue necesario sentarse y replantear un montón de cosas que en principio, ya porque las hubiera considerado a la ligera o ya porque no las había tomado en cuenta en lo más mínimo, no parecían tan relevantes. De ello me percaté al tener la oportunidad de conversar con otros viajeros con muchísima más experiencia que la mía y a quienes agradezco profundamente la generosidad con que compartieron conmigo no solo los consejos, sino datos, rutas, mapas, etc., etc., dicen que siempre es mejor guiarse por la experiencia de los demás y valga que sí es cierto. Gracias a esto pude orientar mejor la planeación de las rutas, los lugares a visitar, y los implementos que habría de necesitar, siempre con la facilidad que hoy en día proporciona Internet para conseguir de todo y con la ayuda de Ana que fue quien pasó más tiempo frente al computador, a mí esos quehaceres me producen agrieras.
Una parte neurálgica en la planeación de cualquier viaje, ya sea de un día o de un año como es este caso, es la relacionada con el equipaje y el equipamiento que ha de llevarse. La elección de todos los elementos que llevaría en este periplo, desde la linterna hasta la indumentaria para la moto, pasando por la cocina y la cámara digital, estaba condicionada por varios factores, pero principalmente por tres aspectos: 1. Que Elvira por muy bonita, aguantadora y tenaz que sea, no deja de ser pequeña y eso limita su capacidad de carga, por ende todo debía ser pequeño y liviano in extremis. 2. Que viajo solo y eso me implica dejarla a ella desatendida en varias ocasiones, por lo que había que buscar la manera de que todo estuviera seguro y que no esté al menos en teoría tan a la mano de los ladrones. 3. Que es un año de viaje ¡y cómo carajos mete uno la casa sobre una moto y tres maletas! Afortunadamente conté con el apoyo de personas que me dotaron con lo mejor de sus negocios, de ahí que ande elegante y apropiadamente vestido tanto cuando voy con Elvira como cuando me bajo de ella, esto facilitó mucho el proceso de la escogencia de la indumentaria y me dio más tiempo para buscar las demás cosas necesarias, incluido por ejemplo un equipo de camping (con estufa y ollas), unos cuantos repuestos, la obtención de la documentación, que definitivamente es la peor parte, la comida que podía llevar, el botiquín de primeros auxilios haciendo la cuenta son más de 100 cosas las que llevo repartidas en las cinco maletas que carga la pelirroja, bueno, cuatro y media porque una la cargo yo en la espalda (aunque convenientemente apoyada en el lomo de ella). Esto me lleva a otra parte muy importante, ¿qué hacer con Elvira para que pudiera hacerse cargo de la llevada de todas las cosas? La idea era que saliera lo más estándar posible y por eso, en la parte mecánica, de chasis y suspensiones no se le modificó nada para diferenciarla de sus hermanas, sí se le cambiaron las llantas por unas de mejor agarre en piso mojado y mayor desempeño, este es un plus de seguridad que nunca está de más, y lo que sí se le hizo fue crear unas estructuras especiales, no solo para llevar las maletas rígidas, sino para montar el GPS, proteger el motor y garantizarle a ella (y a mí) una mejor protección en caso de, ojala que no, una caída, estos detalles se solucionaron gracias a la ayuda de Mauro, que aunque demorado, supo - como siempre -hacer un buen trabajo. Eso por la parte del viaje y la organización, fueron muchos días dándole vueltas a todo, repasando el listado de las cosas y sobre todo de investigar cómo conseguir todos los documentos necesarios, algunos decían que era mejor llevar todas las visas entre el bolsillo, otros (incluido yo) opinábamos que no hacía falta, y finalmente gracias a la asesoría de un tramitador especializado en visas de países africanos, la discusión se dirimió a favor de quienes votamos en contra de llevar todos los papeles, el asunto por el lado de los documentos de Elvira, que en principio fuera una de mis mayores preocupaciones, resultó ser uno de los procedimientos más simples en todo este vía crucis burocrático, gracias a la gestión del ACC que me brindó la documentación necesaria para atravesar todos los países. Ya todo estaba más bien resuelto y mis inquietudes fueron convenientemente despejadas, sin embargo una pregunta se quedó sin respuesta y nadie tuvo a bien darme el consejo siguiente: ¿qué tanto papel higiénico llevar para un viaje de estos, y si en el peor de los casos, sería prudente llevar una pala pequeña u otra herramienta para excavar un hoyo en situación de emergencia? ¿Alguno lo habrá hecho y no habría querido decirme?
De vuelta en lo que estábamos, ya con el camino escogido, los ítems seleccionados, los papeles en trámite y Elvira programada para la sala de operaciones, lo único a lo que hacía falta echarle mano era al suscrito que con unos cuantos kilos de más y mucha resistencia física de menos, debía necesariamente mejorar precisamente eso, la condición física, no tanto por lo de qué tan atractivo y corpulento salga en la foto, sino por lo de qué tanto era capaz de aguantar si se iba con el estado físico de un sexagenario, eso y también bastante trabajo en el manejo de las relaciones públicas pues con las entrevistas y todo el andamiaje mediático que se armó alrededor de este proyecto, había que estar, o al menos tratar de estar a la altura de las circunstancias.
El 27 de marzo finalmente todo estuvo listo para la partida, impresionante la cantidad de parroquianos que se dieron cita para la salida; si se me permite, verse rodeado por un montón de cámaras, flash disparando a cada rato y preguntas provenientes de todos los ángulos posibles, es una experiencia impactante, interesante y curiosa cuando sucede la primera vez, quién sabe cómo sea cuando ya se convierte en costumbre, pero ese, no es el caso que aplica acá, afortunadamente. Superado el round periodístico, y con la ensambladora ya lejos, el primer destino sería la ciudad de Bucaramanga, en lo que fue algo así como un mini tour de despedida por Colombia, que incluía además el paso por Bogotá, la ciudad de Popayán y finalmente la salida del país por el puente internacional de Rumichaca, cosa buena por varias razones, pues además de permitirme cumplir con obligaciones personales y de recoger finalmente la única visa que se tramitó desde Colombia, la de Sudáfrica, tuve oportunidad de visitar algunos lugares hermosos de nuestra geografía a los que hacía tiempo no había vuelto, pudimos recorrer con Elvira algunas carreteras formidables y pudimos acoplarnos y dar tiempo para que si algo fuera a fallar, fallara, pero como era de esperarse, todo estuvo bien y ni ella ni yo tuvimos ni un solo inconveniente que reportar a excepción de un amague de varada por gasolina (preciso el primer día de viaje) y más por cuenta del mal cálculo mío que por el apetito voraz de ella y al que en principio le achaqué toda la responsabilidad, afortunadamente fue solo eso, un amague.
El
tránsito durante los días que tomó nuestra salida
de Colombia fue agradable y placentero, ni una sola vez nos detuvieron
en un retén, el clima estuvo casi siempre a nuestro favor y
a la llegada a la frontera todo parecía como guiado por un
espíritu santo, no fue sino llegar al control de migraciones
en Colombia para encontrarnos con unos señores muy amables
que ya conocían de nuestra travesía y que detuvieron
durante un largo rato sus actividades para dedicarse a conversar conmigo
y admirar a Elvira, fue gracias a ellos que supe que para ingresar
a Ecuador era necesario tener el pasado judicial que expide el DAS
y que yo, obviamente no llevaba, así que debimos regresar a
Ipiales, y tramitar el documento que para nuestra sorpresa y mayor
beneplácito, me lo entregaron en menos de diez minutos, ¡igualito
a como es de fácil sacar ese papelito en cualquier otra ciudad
del país! De vuelta en la frontera el trámite no duró
tampoco más de diez minutos, todo el mundo nos colaboró
con prontitud y los señores con quienes antes nos habíamos
quedado hablando, una vez más estuvieron pendientes de que
todo estuviera en regla y nos pudiéramos ir sin problemas,
y así fue hasta que llegamos al otro lado del puente... A los
funcionarios de las oficinas de migración de Ecuador, parece
que no les dieran de comer o tal vez sea que la asignación
de un puesto en la frontera signifique una especie de castigo, de
qué otra manera se explica la desidia con la que atienden y
tramitan las visas, uno de esos personajes con quien supuestamente
debía tramitar el paso de Elvira a Ecuador, luego de hacerme
esperar casi una hora entera me salió con que ella no podía
ingresar, pero luego preguntando, me di cuenta que ese no era el funcionario
encargado de autorizar su ingreso, ¡pagué la novatada!,
una vez que di con el verdadero encargado de la aduana, fue cuestión
de un par de minutos para que Elvira estuviera con sus papeles listos
y pudiéramos ingresar al hermano país. Y no fue sino
pasar las oficinas de la frontera para encontrarnos con unas personas
amables, queridas y gentiles, pero también con una carretera
deliciosa, con unos tramos de curvas espectaculares y unos paisajes
increíbles.
Lugar:
Colombia - Ecuador, entre Medellín y Loja
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