


Un
paseo por el inmenso salar de Uyuni.
Cuando de Chile me voy
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Capítulo 3 Mentira es que los chilenos sean unos encumbrados insoportables, la calidez de su gente me dejó sin palabras. Texto y Fotos: Daniel Velandia Acá es
mejor que se ponga el casco si no quiere que los carabineros lo multen
Esa frase pronunciada por una persona solitaria que literalmente trabaja
en el limbo dentro de una caseta minúscula a cien metros de
la frontera chilena y unos cuatrocientos de la peruana, fue toda la
introducción para un cambio de viaje sustancial, el paso a
la dimensión desconocida de un país inusitadamente civilizado
en medio de un continente folclóricamente despelotado, en todo
sentido.
De esta nación
más luenga que amplia se dicen tantas cosas a favor como en
contra, decantándonos más por lo bueno que por lo otro,
debemos abonarle a esta tierra precisamente la maravilla de sus paisajes
y la placidez de su vida, un poco de ambas cosas tuve la ocasión
de vivir a lo largo de los efímeros tres días que tuve
el gusto de rodar en ella, la prematura despedida estuvo dictada por
asuntos del corazón más que de planeamientos previos.
Como suele suceder en el transcurso de un viaje (y esto es algo que
apenas empiezo a comprender) prima el ansia de vivir las propias utopías.
De manera que cambié de rumbo y me dirigí hacia el altiplano
boliviano para finalmente tener la oportunidad de enceguecerme en
la vastedad del salar de Uyuni.
El salar es todo y más de lo que yo esperaba encontrar, amerita los setecientos y tantos kilómetros que tuvimos que recorrer para llegar y salir de él a lo largo de unas carreteras insipientes y absurdas que sin embargo fueron una prueba de fuego tanto para la moto como para mí y que al final, más allá del insoportable sabor del polvo entre los labios y las capas de tierra encima de moto y fulano, dejaron una importante lección no por lo que se haya aprendido o no en cuanto a lides de conducción, sino por hacerme caer en cuenta en la práctica que la vida de otros no por distinta o a mis ojos subdesarrollada, es menos valiosa que la mía. Pero vuelvo al salar, intentar describir la experiencia sería caer en el error de tratar de ser tan grande como el lugar, por lo tanto me abstengo de ir más allá de invitar a quien quiera ir para que no pierda la oportunidad de caminar sobre un suelo que cruje y parece quebrarse bajo sus pies y que sin embargo es a la vez interminable y absoluto, hay que ir y mojarse con esa agua de sal que corroe todo, hay que sentarse y respirar su silencio, su blanco y azul y por supuesto hay que ir y acelerar a fondo para vivir lo que se siente en un paraje único como este.
La salida de Bolivia trajo además de lecciones de vida un nuevo compañero de viaje, a Junior lo conocí en la frontera, con su XT 600 negra cubierta bajo un baño de polvo, y como dicen que el que a buen árbol se arrima buena sombra lo cobija viajando con este simpático brasileño durante los siguientes dos días tuve la oportunidad de aprender bastantes cosas, además de disfrutar de una de las mejores noches en compañía de él y de un francés que apenas hablaba español, durante una noche de acampada, fogata y vino en Purmamarca, un pequeño y encantador pueblo custodiado por el cerro de los siete colores.
En
este país hay tantos lugares a los cuales ir y tantas carreteras
por descubrir que no importa hacia donde apuntes siempre va a haber
algo que valga la pena, Argentina era sin lugar a dudas el país
del que más cosas quería descubrir, de hecho mi planeamiento
inicial era ahorrar tiempo en el resto de la travesía para
poder dedicarme a transitar la tierra gaucha de norte a sur, no podía
faltar la ida hasta Ushuaia, pasar por Perito Moreno, recorrer la
mítica Ruta 40 que es un ícono tanto para extranjeros
como para locales y regresar por el otro costado bordeando la costa
del Atlántico, pasar por tantas partes de las que había
escuchado tantas fábulas maravillosas pero por esas cosas del
destino justo a mi llegada se vino también una antipática
onda polar que adelantó la llegada del invierno. Mucho frío,
mucha nieve, mucho hielo, todo un reto, para que vamos a negarlo y
no niego tampoco que la idea de bajar aun en estas condiciones me
coqueteaba al oído, pero tras conversaciones con varios motociclistas
en las que todos coincidían en lo mismo y que básicamente
se resume en que además del peligro se necesita tiempo para
hacer etapas cortas, y eso es precisamente lo que no quería
sacrificar pues llegados hasta estas instancias la inminente proximidad
del paso hacia el continente negro acaparaba buena parte de mi atención
y mis energías.
De modo que por una vez pudo más el sentido común que
el impulso, dejo la ida al sur para un futuro, decidí entonces
continuar por las tierras del norte en las que de camino hacia Buenos
Aires tuve la oportunidad de transitar por parte de la Ruta 40 en
medio de unos parajes encantadores que me llevaron a conocer nuevos
amigos en Cafayate y las ruinas de una vieja cultura indígena.
Pasamos por un hermoso pueblo llamado Tafí del Valle que está
enclavado en medio de la montaña y en el que por esos asuntos
del azar me reencontré con dos viajeros chilenos a los que
había conocido unas semanas antes y a los que supuse nunca
volvería a tener oportunidad de volver a ver. La salida de
Tafí hacia el centro del país es algo que nadie en moto
debería perderse, muy recomendada para gustadores de curvas
aunque el asfalto está un tanto regular. El viaje continuó
rumbo a Córdoba, ciudad llena de actividades y lugares a los
cuales ir, yo cometí el error de perder la tarjeta de crédito
y eso limitó mis opciones, pero no tanto como para tener que
dejar de moverme y no permitirme uno que otro gusto, como asistir
a una válida de velocidad en Rosario, conocer más amigos
y finalmente llegar a la inmensa Buenos Aires que ansiaba conocer.
Pero
toda tormenta se acaba luego de un tiempo y con la llegada de los
vientos calmos llega también la hora de emprender nuevamente
el camino, solo que esta vez teníamos por delante siete mil
kilómetros de vuelo sobre las frías aguas del Atlántico
en un vuelo lleno de gente a la que no le entendía ni media
palabra. Los trámites para el envío de la moto fueron
bastante simples y el procedimiento para su embarque corrió
con algunos tropiezos que afortunadamente fueron de fácil solución,
en mi opinión, y por una charla que tuve oportunidad de presenciar
cuando fui a las oficinas de la empresa de carga para arreglar el
problema con la facturación que se me presentó. Yo recomendaría
a quien quiera seguir este paso, que antes se contacte con Sandra
para averiguar bien como está la cosa. Sandra y Javier son
los propietarios de Dakar Motos, un sitio dedicado a las motos y los
viajeros y entre todos los servicios que prestan Sandra se dedica
a recibir y enviar las motos de viajeros que no hablan ni jota de
castellano, por lo tanto si hay alguien que sepa de esto es ella y
no solo por eso vale la pena contactarlos, son unas personas muy especiales
y unos gurús de los viajes en moto. El vuelo entre Buenos Aires y Ciudad del Cabo estuvo tranquilo y fue muy provechoso pues mis compañeros de fila resultaron ser una pareja de sudafricanos muy simpáticos que se tomaron el trabajo de recomendarme distintas rutas y lugares para visitar, no solo en Sudáfrica sino en Namibia también, mapa en mano me fueron señalando uno por uno los mejores lugares a los que podría ir. Despegamos de Bs As a las 20:20 y aterrizamos al otro lado del charco a las 9 de la mañana. El sol brillaba en el cielo, bajamos del avión y los pocos que hablaban español se dispersaron en las oficinas de la aduana, el agente que revisó mi pasaporte se rió cuando le dije cuál era el propósito de mi visita. Una vez en el aeropuerto fue cuestión de sentarse y esperar mientras pasaba el tiempo para poder recoger a Elvira y salir de allí de una vez con ella, afortunadamente una mujer de información se tomó el trabajo de ayudarme a averiguar qué paso debía seguir para reencontrarme luego de cuatro días con mi moto. La aduana estaba cerca y dos horas después de haber aterrizado en África ya estaba rodando por las calles de esta mágica y encantadora ciudad, me sentía absolutamente perdido y despistado, había llegado finalmente la hora de moverme en un medio absolutamente desconocido, sin referencias. Para mí empieza realmente la verdadera prueba.
Ruta:
Chile, Bolivia, Argentina
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