Un paseo por el inmenso salar de Uyuni.

Cuando de Chile me voy

Capítulo 3

Mentira es que los chilenos sean unos encumbrados insoportables, la calidez de su gente me dejó sin palabras.

Texto y Fotos: Daniel Velandia

Acá es mejor que se ponga el casco si no quiere que los carabineros lo multen” Esa frase pronunciada por una persona solitaria que literalmente trabaja en el limbo dentro de una caseta minúscula a cien metros de la frontera chilena y unos cuatrocientos de la peruana, fue toda la introducción para un cambio de viaje sustancial, el paso a la dimensión desconocida de un país inusitadamente civilizado en medio de un continente folclóricamente despelotado, en todo sentido.

Los dos del sur, los de abajo, siempre habían tenido de parte mía un cierto halo de admiración/desconfianza producto de la idea infundada que entre los países latinos, Argentina y Chile son los más “europeos” y los más arrogantes, Brasil es o pais mais grande do mundo (con todo lo que eso pueda representar), Bolivia y Perú los más cholos, Ecuador un vacío y Colombia la hija bastarda de Estados Unidos. Pero el camino se ha encargado de romper moldes y abrirme los ojos, aunque en el caso de Chile lo que se dice es lo que es, al menos en lo que respecta a la manera en que respetan las normas de tránsito y el rigor prusiano con que los carabineros ejercen su oficio de imponer la ley. De modo que por estas hermosas tierras en las que la gente da recibos (y por consiguiente paga impuestos) por conceptos que muchas veces a duras penas suman más de un dólar, hay que moverse con paso fino y quedo. Mentira eso sí, que los chilenos sean unos encumbrados insoportables, la calidez de su gente me dejó sin palabras, seguro que muy pocos peruanos dirán lo mismo, por lo que alcancé a ver en la frontera los tratan como si fueran personajes de quinta pero la reciprocidad es mutua. Secuelas de la guerra entre vecinos.


Al cruzar la frontera chilena inmediatamente se siente el cambio de cultura, que es muy diferente a la de nuestros países andinos.

De esta nación más luenga que amplia se dicen tantas cosas a favor como en contra, decantándonos más por lo bueno que por lo otro, debemos abonarle a esta tierra precisamente la maravilla de sus paisajes y la placidez de su vida, un poco de ambas cosas tuve la ocasión de vivir a lo largo de los efímeros tres días que tuve el gusto de rodar en ella, la prematura despedida estuvo dictada por asuntos del corazón más que de planeamientos previos. Como suele suceder en el transcurso de un viaje (y esto es algo que apenas empiezo a comprender) prima el ansia de vivir las propias utopías. De manera que cambié de rumbo y me dirigí hacia el altiplano boliviano para finalmente tener la oportunidad de enceguecerme en la vastedad del salar de Uyuni.


Camino a Uyuni, en medio de las difíciles carreteras bolivianas Elvira debió
ingerir un líquido casi transparente que olía más a thinner que a gasolina.

El salar es todo y más de lo que yo esperaba encontrar, amerita los setecientos y tantos kilómetros que tuvimos que recorrer para llegar y salir de él a lo largo de unas carreteras insipientes y absurdas que sin embargo fueron una prueba de fuego tanto para la moto como para mí y que al final, más allá del insoportable sabor del polvo entre los labios y las capas de tierra encima de moto y fulano, dejaron una importante lección no por lo que se haya aprendido o no en cuanto a lides de conducción, sino por hacerme caer en cuenta en la práctica que la vida de otros no por distinta o a mis ojos subdesarrollada, es menos valiosa que la mía. Pero vuelvo al salar, intentar describir la experiencia sería caer en el error de tratar de ser tan grande como el lugar, por lo tanto me abstengo de ir más allá de invitar a quien quiera ir para que no pierda la oportunidad de caminar sobre un suelo que cruje y parece quebrarse bajo sus pies y que sin embargo es a la vez interminable y absoluto, hay que ir y mojarse con esa agua de sal que corroe todo, hay que sentarse y respirar su silencio, su blanco y azul y por supuesto hay que ir y acelerar a fondo para vivir lo que se siente en un paraje único como este.


Rodando sobre un manto de nubes, entre Arica e Iquique.

La salida de Bolivia trajo además de lecciones de vida un nuevo compañero de viaje, a Junior lo conocí en la frontera, con su XT 600 negra cubierta bajo un baño de polvo, y como dicen que el que a buen árbol se arrima buena sombra lo cobija… viajando con este simpático brasileño durante los siguientes dos días tuve la oportunidad de aprender bastantes cosas, además de disfrutar de una de las mejores noches en compañía de él y de un francés que apenas hablaba español, durante una noche de acampada, fogata y vino en Purmamarca, un pequeño y encantador pueblo custodiado por el cerro de los siete colores.


La bella Buenos Aires nos dejó con ganas de volver.

En este país hay tantos lugares a los cuales ir y tantas carreteras por descubrir que no importa hacia donde apuntes siempre va a haber algo que valga la pena, Argentina era sin lugar a dudas el país del que más cosas quería descubrir, de hecho mi planeamiento inicial era ahorrar tiempo en el resto de la travesía para poder dedicarme a transitar la tierra gaucha de norte a sur, no podía faltar la ida hasta Ushuaia, pasar por Perito Moreno, recorrer la mítica Ruta 40 que es un ícono tanto para extranjeros como para locales y regresar por el otro costado bordeando la costa del Atlántico, pasar por tantas partes de las que había escuchado tantas fábulas maravillosas pero por esas cosas del destino justo a mi llegada se vino también una antipática onda polar que adelantó la llegada del invierno. Mucho frío, mucha nieve, mucho hielo, todo un reto, para que vamos a negarlo y no niego tampoco que la idea de bajar aun en estas condiciones me coqueteaba al oído, pero tras conversaciones con varios motociclistas en las que todos coincidían en lo mismo y que básicamente se resume en que además del peligro se necesita tiempo para hacer etapas cortas, y eso es precisamente lo que no quería sacrificar pues llegados hasta estas instancias la inminente proximidad del paso hacia el continente negro acaparaba buena parte de mi atención y mis energías.


Iglesia colonial de Cachi en Salta, Argentina.

De modo que por una vez pudo más el sentido común que el impulso, dejo la ida al sur para un futuro, decidí entonces continuar por las tierras del norte en las que de camino hacia Buenos Aires tuve la oportunidad de transitar por parte de la Ruta 40 en medio de unos parajes encantadores que me llevaron a conocer nuevos amigos en Cafayate y las ruinas de una vieja cultura indígena. Pasamos por un hermoso pueblo llamado Tafí del Valle que está enclavado en medio de la montaña y en el que por esos asuntos del azar me reencontré con dos viajeros chilenos a los que había conocido unas semanas antes y a los que supuse nunca volvería a tener oportunidad de volver a ver. La salida de Tafí hacia el centro del país es algo que nadie en moto debería perderse, muy recomendada para gustadores de curvas aunque el asfalto está un tanto regular. El viaje continuó rumbo a Córdoba, ciudad llena de actividades y lugares a los cuales ir, yo cometí el error de perder la tarjeta de crédito y eso limitó mis opciones, pero no tanto como para tener que dejar de moverme y no permitirme uno que otro gusto, como asistir a una válida de velocidad en Rosario, conocer más amigos y finalmente llegar a la inmensa Buenos Aires que ansiaba conocer.

La estadía en la capital argentina fue una mezcla de sensaciones, en parte por la maravillosa oportunidad de poder conocer cosas nuevas de esta ciudad y en parte porque cuando se está inmerso en una rutina de viaje como ésta, el confinamiento suele ser algo desesperante y debido a la falta de disponibilidad monetaria, no había realmente muchas alternativas para ir muy lejos.


Elvira lista para embarcarse

Pero toda tormenta se acaba luego de un tiempo y con la llegada de los vientos calmos llega también la hora de emprender nuevamente el camino, solo que esta vez teníamos por delante siete mil kilómetros de vuelo sobre las frías aguas del Atlántico en un vuelo lleno de gente a la que no le entendía ni media palabra. Los trámites para el envío de la moto fueron bastante simples y el procedimiento para su embarque corrió con algunos tropiezos que afortunadamente fueron de fácil solución, en mi opinión, y por una charla que tuve oportunidad de presenciar cuando fui a las oficinas de la empresa de carga para arreglar el problema con la facturación que se me presentó. Yo recomendaría a quien quiera seguir este paso, que antes se contacte con Sandra para averiguar bien como está la cosa. Sandra y Javier son los propietarios de Dakar Motos, un sitio dedicado a las motos y los viajeros y entre todos los servicios que prestan Sandra se dedica a recibir y enviar las motos de viajeros que no hablan ni jota de castellano, por lo tanto si hay alguien que sepa de esto es ella y no solo por eso vale la pena contactarlos, son unas personas muy especiales y unos gurús de los viajes en moto.

El vuelo entre Buenos Aires y Ciudad del Cabo estuvo tranquilo y fue muy provechoso pues mis compañeros de fila resultaron ser una pareja de sudafricanos muy simpáticos que se tomaron el trabajo de recomendarme distintas rutas y lugares para visitar, no solo en Sudáfrica sino en Namibia también, mapa en mano me fueron señalando uno por uno los mejores lugares a los que podría ir. Despegamos de Bs As a las 20:20 y aterrizamos al otro lado del charco a las 9 de la mañana. El sol brillaba en el cielo, bajamos del avión y los pocos que hablaban español se dispersaron en las oficinas de la aduana, el agente que revisó mi pasaporte se rió cuando le dije cuál era el propósito de mi visita. Una vez en el aeropuerto fue cuestión de sentarse y esperar mientras pasaba el tiempo para poder recoger a Elvira y salir de allí de una vez con ella, afortunadamente una mujer de información se tomó el trabajo de ayudarme a averiguar qué paso debía seguir para reencontrarme luego de cuatro días con mi moto. La aduana estaba cerca y dos horas después de haber aterrizado en África ya estaba rodando por las calles de esta mágica y encantadora ciudad, me sentía absolutamente perdido y despistado, había llegado finalmente la hora de moverme en un medio absolutamente desconocido, sin referencias. Para mí empieza realmente la verdadera prueba.

Trámites y asesorías
Algunas veces por tratar de ganar algo, ya sea tiempo o dinero, termina perdiéndose más de lo presupuestado, aplica tanto para el embarque de la moto como para cualquier otro aspecto de la planeación del viaje, hay que tener al menos tres alternativas para hacer las cosas y en la medida de lo posible buscar a personas con experiencias previas que nos puedan asesorar, de haber tenido el dato de la gente de Dakar Motos y haber contado con su asesoría no habría pagado la primiparada de pagar lo que pagué por querer hacerlo por mi cuenta siguiendo los consejos de un viajero posteados en una página de Internet. Pero valió la pena el intento.

Ruta: Chile, Bolivia, Argentina
Distancia total recorrida: 12.857 km
Tiempo de viaje: 94 días
Descripción del trayecto: No conocí las carreteras de Bolivia, en Chile una maravilla y en Argentina hay de todo, imperdible la tierra de ruta 40 y las curvas de la ruta 9 entre Salta y Jujuy.

El blog de Elvira

Yo tenía entendido cuando me escogieron para este viaje que los caminos malos y difíciles empezaban al otro lado del océano, sin embargo cuando a aquel le dio por cambiar de rumbo y dirigirse hacia el salar de Uyuni. En la salida de Chile empecé a temer lo peor pues si en ese país, que se supone tiene tanto desarrollo y unas carreteras tan buenas, nos íbamos encontrando con unos tramos tan malos ¿qué me cabía esperar del otro lado? Todos mis temores se hicieron realidad al otro lado de la frontera aunque en realidad lo que

me preocupaba no era realmente cómo pudiera afectarme el camino sino que este personaje no me fuera a dejar caer al piso. Y afortunadamente no lo hizo. Depués, el paso por Argentina fue muy agradable, recibí un merecido mantenimiento justo cuando era tiempo y eso me ha permitido continuar sin molestias, la primera parte fue una delicia mientras rodamos por la sierra pero ya en la pampa la cosa se ponía bastante monótona por momentos. Lo que me molestó fue permanecer a oscuras y forrada en plástico durante varios días, volver a ver la luz fue reconfortante, volver a verle la cara a este atorrante fue agradable, para que negarlo, pero lo mejor ha sido volver a rodar. Creo que ahora sí empieza lo difícil, pero a eso fue que vinimos.

 

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