El Atacama – Pasporte al Sur

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El Atacamma (17-02-2017)

La primera vez que escuche algo de este desierto, que cubre prácticamente todo el norte de Chile, me quedó la sensación de que era una odisea completa pensar en cruzarlo en moto. Me hablaban de un desierto inmenso, de los más secos del mundo, donde cualquier percance significaría quedar en una situación límite. Por suerte la realidad hoy día es muy distinta, sigue siendo inmenso, seco a más no poder y uno no quisiera tener ningún percance en él, pero cruzarlo no implica una odisea, más bien hay que prepararse para cientos de kilómetros donde el paisaje apenas si cambia un poco. La tierra pasa de ser rosada a ser un poco más amarilla, luego aparecen rocas dispersas en la arena como si alguien las hubiera ordenado de manera rigurosa, después pueden surgir algunas dunas, se suben montañas inmensas y luego se vuelve a bajar a profundos valles, es un terreno difícil, en especial por el viento, pero después de haber cruzado la costa peruana, que básicamente es todo un desierto de miles de kilómetros de largo, el Atacama ya se siente como más de lo mismo. La diferencia mayor radica en que Chile ofrece carreteras en mejor estado, con tramos de autopista donde las motos pagan peajes y aunque no me guste decirlo, con muy poca basura y escombros “decorando” las orillas del camino, algo que entristece un poco la experiencia de cruzar Perú, donde muchos ven el desierto como un inmenso basurero.

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Otra gran diferencia del Atacama con Perú es que es muy despoblado y se pueden rodar tramos de varios cientos de kilómetros sin ver ninguna población, igualmente las estaciones de combustible solo están en los puntos justos para poder cruzarlo. Si uno ve una es porque allí hay que parar a poner combustible, no hay que dudarlo, si está ahí es por algo. En Perú tuvimos un susto porque yo me las di de confiado y pase de largo un “grifo” que es como allí le dicen a las gasolineras y la moto de Eli llegó hasta el siguiente grifo después de haber rodado más de 100km en la zona roja del medidor, con el tanque en la reserva y entrada la noche. Aprendimos la lección y desde eso no nos confiamos, sucede que la autonomía de las motos puede mermar bastante cuando el viento sopla de frente y ese día tuvimos bastante brisa frenando nuestro avance, lo que no imaginábamos era que nos esperaban más de 200km sin ver nada.

En Chile se rueda más relajado, se nota la cultura al volante, el respeto a las motos y a las señales de tránsito. Rara vez ve uno a alguien ignorando un pare, irrespetando los peatones que cruzan por las cebras o adelantando en línea continua, puede ser el desierto más desolado y tener toda la panorámica del mundo al frente, pero si dice que no se puede adelantar nadie adelanta, y eso da una sensación de seguridad que en nuestro país es difícil sentir.

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Lo más duro del desierto sigue siendo el sueño que por momentos se apodera de nosotros, esa es la parte difícil, mantenerse concentrado en medio de las rectas infinitas que aparecen una detrás de otra y que ponen el cerebro en modo “hibernación”, pero ahí está la ayuda de los intercomunicadores que nos dan la posibilidad de hablar cualquier cosa o escuchar música para romper un poco la monotonía.

En algunos tramos la ruta se desvía hacia la costa y esos paisajes de playas solitarias o pequeños pueblos pesqueros nos traen mucha alegría, ver las olas rompiendo con fuerza contra las rocas es un espectáculo que no me canso de observar, al igual que la sensación de la brisa fresca golpeando el cuerpo, aunque a veces llega a ser bastante fría, especialmente en las mañanas y al caer la tarde.

A medida que avanzamos al sur la luz del día dura cada vez más, lo cual, junto al cambio de horario que en Chile es de dos horas más que en Colombia, permite rodar jornadas muy largas con el sol acompañándonos, fácilmente nos pueden dar las nueve de la noche y todavía hay buena luz para rodar, esto ha hecho que salgamos un poco más tarde de lo ideal y que las etapas se alarguen más de lo que quisiéramos, pero algunos días nos hemos sentido bajos de energía y no ha sido fácil dejar la cama temprano.

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Chile nos ha parecido costoso en comparación con Perú que ya lo era para nosotros, el peso chileno poco rinde cuando uno piensa en la devaluada moneda Colombiana. Todo es más caro. Combustible, hospedaje, alimentos, incluso los peajes son costosos y bastante frecuentes, pero con algo de ingenio nos hemos mantenido dentro de los presupuestos, que no ha sido nada fácil, en ello nos ha ayudado que un par de veces nos han hospedado. La primera vez en un pueblo costero llamado Mejillones. Íbamos rodando a eso de las 8 de la noche, todavía con sol cuando la moto de Eli dejó de avanzar, el motor se cortó y ella logró detenerse junto a un lugar de descanso con parqueadero, algo que ofrecen las vías chilenas y que resulta ideal para detenerse a descansar.

Yo rodaba adelante y solo escuche que ella me dijo por el intercomunicador, “Juanca, me varé”. Di la vuelta y regrese hasta donde ella estaba, le pregunte qué había pasado y solo me dijo, venía normal y el motor dejó de acelerar. De inmediato me puse a revisarla, había combustible, había chispa, los fusibles estaban perfectos y la moto daba arranque, pero trate de prenderla y no quiso. En menos de 5 minutos tenía el tanque abajo, una ventaja de la Himalayan que es demasiado fácil de desarmar, y me disponía a quitar la bujía para revisar si por ahí era el problema, cuando me di cuenta que en las carreras de los últimos días antes de arrancar el viaje la había olvidado. Sin más que hacer intente prenderla de nuevo y en el segundo intento el motor volvió a arrancar como si nada.

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Mientras yo trabajaba en la moto, Eli había escrito a un grupo llamado R.A.G.M.I. Chile, que hace parte de una organización internacional de voluntarios que a través de Facebook brindan ayuda a los viajeros en moto, la respuesta de ellos fue inmediata y para nuestra sorpresa en minutos coordinaron un operativo para ayudarnos.

Con la moto funcionando decidimos seguir rumbo a Mejillones, que era el pueblo más cercano, y al poco tiempo llegamos a su plaza de armas. Eli, que es la mejor en esto de las redes sociales y las comunicaciones, les avisó a los de R.A.G.M.I. que habíamos logrado prender la moto y les contó donde estábamos para que no enviaran a nadie a buscarnos a la carretera, lo cual ya habían hecho. Pasaron si acaso 3 minutos cuando una mujer se acercó a nosotros y nos preguntó si éramos los que estábamos “en pana” en la ruta, ahí aprendimos que en Chile estar varado se dice “en pana”. Era la esposa de Alexis, un miembro del Motoclub Errantes de Mejillones quien había salido a nuestro rescate y estaba muy cerca de nosotros en su trabajo. Poco después llegó Alexis a donde estábamos, venía en su carro de ir a buscarnos a la carretera y nos invitó a su casa a pasar la noche.

Más tarde conocimos a Víctor otro “motoquero” del Club, como dicen por estos lados y con ellos la pasamos súper bien al día siguiente haciendo turismo por Mejillones, un poblado que guarda una rica historia ligada a la minería y que tiempo atrás tuvo una fábrica de locomotoras que servían a las minas de salitre.

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R.A.G.M.I. también nos llevó hasta el Motoclub Sombras del Camino en Copiapó, donde pasamos la noche en su casa club, siendo recibidos de manera muy amable por varios de sus miembros que nos esperaron a la entrada de la ciudad e incluso nos invitaron a quedarnos por varios días si así lo deseábamos, pero el sur nos sigue llamando con fuerza y por ello al día siguiente volvimos a empacar nuestras cosas y prendimos nuestras motos para continuar el camino hacia La Serena, una ciudad costera bastante turística desde donde escribimos estas líneas, lugar en el que hicimos una pausa en un hostal muy agradable donde encontramos un delicioso espacio para hacer camping, escribir, seleccionar fotos y donde nos cruzamos con dos compatriotas, un par de hermanos bogotanos que también van rumbo al sur en sus motos y con los que hemos compartido experiencias.

De Irbis les cuento que en Mejillones revisamos la bujía y se veía perfecta, la cambiamos por una nueva aprovechando que la moto ya sumaba más de 10.000km y mil kilómetros después la moto funciona perfecto, nos quedamos con la intriga de saber qué fue lo que pasó en ese momento, pero sea lo que haya sido nos trajo una excelente experiencia y nuevos amigos en la ruta.

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2 Responses

  1. Gabriel Jaime Lagoueyte dice:

    Siento envidia al leer las crónicas de sus viajes en moto. Ya quisiera tener los medios para tener semejantes aventuras. Por otra parte, que buena prueba para una moto hacer tales viajes. Dios quiera que algún día pueda tener alguna de estas aventuras, aunque no sean tan lejanas.

  2. FREDY RAMIRES ISAZA dice:

    Que bueno saludarlos viajeros y me alegra que se encuentren bien, creo que con esa sandía tienen para refrescarse todo el camino, seguimos de cerca esa aventura deseándoles lo mejor, que linda se ve la nena en esa panorámica, bendiciones y que el todopoderoso los siga acompañando!!!!.

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